jueves, 2 de octubre de 2014

Una historia real más romántica que Crepúsculo

Fue un día lluvioso de octubre, sucedió entre las seis y siete de la tarde. Yo había subido a un camión pues necesitaba ir al centro para tomar mis clases de yoga. Uno puede ver cualquier tipo de cosas dentro de estos transportes; borrachos, dibujos en los asientos, calcomanías de un niño medio cholo con frases como “Todo por no estudiar” pegadas en el tablero. También te puedes reír de la forma en que hablan los cobradores y de los temas tan interesantes que mantienen con el chofer. Pero eso no es lo que yo presencié ese día, lo que vi fue algo muy raro e inusual en  todos mis viajes por esa misma ruta.

Antes de que el camión se detuviera en una de las paradas, logré ver a una pareja de jóvenes que se besaban de una manera apasionada. El camión se detuvo justo frente a ellos, entonces dejaron de besarse y se subieron al camión. Él, mostrando su caballerosidad, permitió que ella subiese primero. Dentro del camión, ya no había muchos asientos disponibles, en donde los dos pudieran sentarse. Así que él, otra vez mostrando sus modales, insistió en que ella se sentara mientras él permanecería parado a un lado de su amada. Todos en el autobús podían detectar el amor que ellos dos se tenían, todos estaban al pendiente de lo que hacían, pues verlos era inevitable. Sin importarles absolutamente nada, no mostraban interés alguno por el cambio climático, el significado de la vida, la situación política de su ciudad y el país, las protestas de las escuelas, sus calificaciones, su familia, la novela, o que tal vez podrían haber dejado su cuenta de Facebook abierta en alguna computadora que rentaron. No, a ellos no les importaba nada de eso. Simplemente existían ellos dos en todo el universo.
Ninguno se dio cuenta de cómo lo hizo, pero cuando nos percatamos, él ya estaba inclinado hacia ella besándola de la forma más romántica que he visto. En uno de los autobuses más feos de la ciudad que viajaba a unos 80 km/h, repleto de un olor a sudor porque a esa hora habían salido los trabajadores de las compañías, ella sentada y él parado junto a ella; cargando lo que al parecer era la mochila de su amada novia.

El cobrador, que aún estaba impactado por lo que sucedía ante sus ojos, se acercó hacia él enamorado, indeciso, alargó su mano temblorosa repleta de monedas y billetes entre los dedos, para pedirle el dinero del pasaje. Éste dejó de besarla, se volteó y sacó un billete de cien pesos de su cartera del pumas. Le dio el billete al cobrador, y mientras se lo daba, se acercaba de nuevo a su novia para volver a besarla. Ella estaba tallándose los ojos, cuando vio venir a su amado. Yo no podía creerlo, ¡él estaba portándose romántico y espontáneo en un camión! Era lo más romántico que había visto en toda mi vida. Después de que el joven cobrador había conseguido el cambio, volvió a interrumpirlos, pero él no dejó de besarla, simplemente agarró el dinero y se lo metió en el bolsillo del pantalón.


Después de un rato besándose y nosotros acostumbrándonos a verlos, ellos se detuvieron e hicieron una señal al cobrador para que detuvieran el autobús. En ese momento se bajaron y nunca más volví a verlos. A esos dos enamorados, que no les importaba nada, sólo su amor.

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